viernes, 5 de septiembre de 2014

Decí no, para decir si.

No sé decir que no. Ojo no sean mal pensadas. No sé decir que no en el trabajo. En conclusión siempre justo 5 minutos antes de salir veo que tengo 4 mails por contestar, ahí en negrito me piden a gritos que los abra y los vea porque seguramente son fundamentales para que funcione la empresa. Rápidamente les doy un repaso y cuando ya pasados 4 minutos de mi horario de salida me dispongo a apagar la computadora, surge una consulta de ultimo momento... Mery nos das una mano con esto?
Y ahí nomás los 30 minutos que tenía para cambiarme y hacer 5 cuadras con toda la paz del mundo se conviernten en salir al mismo horario en que ya debería estar en mi clase, correr como loca para llegar, cambiarme en dos segundos y entrar a la clase en medio de un meneaito que se me complica seguir.
Esta maldita costumbre de no poner límites y decir. Perdón a todos, tengo clase de baile, lo vemos mañana? (cosa que por supuesto podría hacer en 9 de cada 10 veces) me lleva a encarar los primeros 20 minutos de clase como una autómata. Trato de seguir los pasos con el cuerpo pero la cabeza no los acompaña, está pendiente de la reunión del lunes que no agendé y de un nuevo modo de organizar mis mails para encontrar los pendientes más rápidamente y resolverlos más eficientemente.
Hoy descubrí que necesito decir que no. Poner límites. Cerrar puertas laborales en el horario pactado, para poder abrir la puerta para ir a jugar.

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