Al comenzar la clase el profesor siempre pregunta quien se suma por primera vez.
Grande fue nuestra sorpresa cuando las nuevas ingresantes a la clase era dos mujeres que rondarían los 70 años. Una de ellas de hecho me recordaba a Manuela, la señora que limpaba y cocinaba desde siempre en lo de mi abuela Mamina. Ver a las dos señoras grandes intentando menear las caderas, siguiendo giros y pasos a diestra y siniestra me hizo pensar en la cantidad de veces que digo que no puedo.
Ya estoy grande, pienso, pero será que acaso la edad es solo una excusa que me viene como perlas?
Está comprobado que los adultos no tardan más en aprender sino que se rinden más facil que los niños. Con el tiempo perdemos la capacidad innata de intentar una y otra vez hasta que salga. ¿Cuantas cosas me he perdido por creer que ya se me pasó el tren? ¿A cuantas cosas me animaría si volviera el tiempo atrás y tuviera todas las puertas abiertas esperando ser cruzadas? ¿Qué estudiaría, qué deporte aprendería, qué nuevos idiomas o bailes practicaría? ¿Qué viaje emprendería?
Y hoy ¿Qué me lo impide? ¿Cuanto tiempo destino por dia a soñar y cumplir mis sueños?
Les dejo para terminar el resultado de una mujer que se atrevió a soñar, a pesar de todos los no se puede, cómo? a tu edad? imposible. Por suerte ella no escuchó esas voces y decidió simplemente seguir sus sueños sin importar los años que marcara el calendario y las arrugas que surcaran su piel.
https://www.youtube.com/watch?v=fZ4CmTykibo
Y para crear, para meditar, para exponer, para focalizar, para guardar. para sentir, para leer, para mirar, para aprovechar y disfrutar.
martes, 25 de noviembre de 2014
sábado, 8 de noviembre de 2014
La chica superpoderosa
Una semana completa sin ir a baile.
Me comió el personaje de la mina eficiente y cumplidora, de la mujer orquesta, esa que está en 50.000 lugares a la vez y que para cumplir con todo tiene que dejar algo de lado. Por supuesto lo primero que resigné fue a mi. Como tantas otras veces, caí en mi vieja trampa.
Por qué no fuiste a baile? me preguntó mi marido. Es que tuve que ir a comprar el regalo de cumpleaños de tu vieja, a encargar la medallita para el bautismo de tu ahijada y a arreglar el reloj que se rompió. Entonces me di cuenta, yo me dediqué a hacer montones de cosas para que mi marido pueda ir a jugar al tenis a las 6 de la tarde.
Ojo. Él jamás me lo pidió. De hecho todo lo contrario. Me casé con el tipo perfecto, me impulsa a que me compre ropa y hasta me acompaña y me ayuda a elegir si le pido, me incentiva a que haga ejercicio, a que estudie lo que me gusta y a que ponga la tarjeta para ir a la peluqueria cuando quiera.
Lo malo de tener un marido cero exigente es que no hay a quien echarle la culpa cuando me boicoteo solita. Podría haberle pedido ayuda, podríamos haber dividido tareas, pero no.
Estoy acostumbrada al personaje de la minaindependientequetodolopuede y déjenme decirle que deberían darme un oscar por eso, porque me sale bárbaro. El problema es que esa actuación en la que caigo tantas veces tiene un costo altísimo para mi. Termino agotada. Muerta. Super exigida, no solo por hacer 800 cosas sino por mi bendita exigencia de que todo tiene que salir perfecto.
Entonces me pregunto. ¿Que está pasando conmigo, que pongo tanto a los demás y sus necesidades por encima de las mías? ¿De quien espero recibir el reconocimiento de la mujer del año? ¿Por qué busco afuera la palmadita y la frase: qué genia podés con todo, en lugar de buscar lo que verdaderamente me hace bien, internamente? ¿Será que creo que necesito convertirme en alguien imprescindible para los demás para que me busquen y me quieran?
Creo que llegó la hora de dejar de buscar ese amor que no puede vivir sin mi a buscar ese amor que ama vivir conmigo.
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